Sentirte poderoso y a la vez vulnerable no te cierra las puertas a la espiritualidad. Para aspirar a lo espiritual, lo divino, el ser o, como cada uno quiera llamarlo, es imprescindible transitar lo puramente humano, lo más grosero en nosotros, nuestra parte más turbia, la que requiere una mirada más valiente, para poder integrarlo con la parte más luminosa.
En Gestalt la espiritualidad comienza cuando dejas de huir de tus propios extremos y no intentas solo elevarte, sino habitarte también en tus miserias, lo espiritual no niega la agresión ni la ternura, las sostiene juntas.
La espiritualidad se encuentra cuando dejas de buscar lo sublime y te atreves a mirar en lo ordinario, lo cotidiano, tus relaciones interpersonales, el cuidado de tus hijos, la relación con tu pareja… La espiritualidad que propone la Gestalt no necesita de un más allá, sino de un aquí, ahora y así, habitado. La profundidad se hace figura cuando no huyes de lo simple, cuando no necesitas “brillo” continuo, es entonces cuando lo común y lo corriente se convierten en extraordinario.
Paradójicamente, la espiritualidad gestáltica sirve para permitir que la presencia prenda en lo cotidiano, el único lugar donde se da lo sagrado.
Aditya
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